HASTA SETENTA Y SIETE VECES

En cierta ocasión, un alumno llamado Pedro preguntó a su maestro: “Maestro, ¿cuántas veces tengo que perdonar a alguien que me ha ofendido? ¿Hasta siete veces? Es posible que Pedro pensara que estaba siendo magnánimo, pues la tradición local impuesta decía que no debía de perdon

En cierta ocasión, un alumno llamado Pedro preguntó a su maestro: “Maestro, ¿cuántas veces tengo que perdonar a alguien que me ha ofendido? ¿Hasta siete veces?

Es posible que Pedro pensara que estaba siendo magnánimo, pues la tradición local impuesta decía que no debía de perdonarse más de tres veces la misma ofensa. Imagina la sorpresa que se llevó Pedro cuando su maestro le contestó: “No te digo: Hasta siete veces; sino: ¡Hasta setenta y siete veces!”

¿Qué lección le quiso dar el maestro?

La repetición del número siete equivalía a decir “indefinidamente”. A juicio del maestro, el número de veces que podemos perdonar a alguien no tiene prácticamente límite.

Sin embargo, no siempre es fácil seguir este consejo, ¿no es cierto?

¿Quién de nosotros no se ha sentido herido por un agravio injusto? Quizá alguien en quien confiabas traicionó tu confianza al revelar a otros un asunto privado y confidencial. Es posible que los comentarios irreflexivos de un amigo íntimo hayan sido como las “estocadas de una espada”. Quizá te ha herido profundamente el trato desconsiderado de alguien a quien amas o en quien confías. Cuando esto sucede, la reacción natural es enfadarse. Puede que dejemos de hablar al ofensor y, si es posible, que hasta lo evitemos por completo. Pudiera parecernos que, si le perdonamos, permitimos que se salga con la suya. No obstante, si guardamos resentimiento, terminamos lastimándonos nosotros mismos.

Antes de analizar por qué es necesario perdonar y cómo podemos hacerlo, será útil aclarar primero qué significa y qué no significa el perdón. El concepto que tengamos del perdón puede influir en nuestra capacidad para otorgarlo cuando se nos ofende.

¿QUÉ SIGNIFICA PERDONAR?

Significa no seguir enojado ni abrigar rencor o deseos de venganza cuando alguien nos ofende. Es una decisión bien pensada que demuestra un deseo sincero de buscar la paz, responder al ofensor con compasión e incluso amor a fin de establecer o mantener buenas relaciones.

Ahora bien, perdonar no es aprobar una mala acción, minimizarla o hacer ver que no ha pasado nada. Tampoco significa permitir que los demás se aprovechen injustamente de nosotros. De hecho, no se requiere que se perdone a aquellos que practican el pecado de manera deliberada o maliciosa.

La persona que perdona es comprensiva porque entiende que todo el mundo se equivoca, ya sea con sus palabras o acciones.

Puede ser que cuando alguien nos ofende, pensemos en la ofensa durante días. Si nos obsesionamos con la injusticia – reviviéndola una y otra vez – la ira seguirá bullendo en nuestro interior, con consecuencias desastrosas para nuestra salud física, emocional y espiritual. Sería como permitir que quien nos ha lastimado siga lastimándonos, pues le estamos otorgando el dominio de nuestras emociones.

El psicólogo social y escritor Adrián Triglia dijo: “No es posible remontar el vuelo si estamos anclados al suelo presos del resentimiento”. Y es que el resentimiento es un peso insoportable de llevar; puede consumirnos y generar desasosiego. Vivir pendiente de disculpas que nunca llegan solo sirve para frustrarnos cada vez más. El rencor hace que uno siempre salga perjudicado; es como pensar que tomando veneno puede así hacer daño a quien me ha ofendido. El rencor siempre produce amargura y daña la relación que tenemos con los demás, lo cual hace que nos aislemos y nos sintamos solos.

Un proverbio bíblico dice: “La perspicacia del hombre frena su furia, y es un gesto hermoso que él pase por alto una ofensa”

Estas palabras nos exhortan a ser pacientes con los demás y a tolerar lo que nos disgusta e irrita de ellos. Esta paciencia y tolerancia puede ayudarnos a sobrellevar los pequeños rasguños y arañazos que recibimos en nuestras relaciones interpersonales, sin perturbar nuestra paz interior.

De modo que perdonar y librarnos de la carga del resentimiento no solo trae beneficios para quien obró mal sino para que nosotros podamos proseguir nuestra vida tranquilos.

Un hombre llamado Ron encontró paz interior al aplicar principios como el proverbio mencionado y dijo: “No podía controlar lo que otros pensaban y hacían, pero sí mis pensamientos y mis acciones. Si quería tener paz, no debía guardar rencor. Entendí que la paz y el rencor son dos polos opuestos; no se pueden tener ambos sentimientos a la vez”

Si recordamos que nosotros también somos imperfectos, nos resultará más fácil tolerar las ofensas de los demás. Y…, dicho sea de paso: ¿no es cierto que a veces nuestros errores y ofensas superan en número y gravedad a las que otros han cometido contra nosotros?

Volviendo al maestro de la introducción que habló de perdonar “hasta setenta y siete veces”, a fin de enseñar a sus alumnos una valiosa lección sobre la importancia de perdonar a los demás, narró la siguiente historia: “Había una vez un rey muy bueno, que incluso les prestaba dinero a sus esclavos cuando lo necesitaban. Un día llamó a sus esclavos para que devolvieran el dinero y ajustar las cuentas. Uno de ellos le debía sesenta millones de monedas, una cantidad enorme. Pero el esclavo se lo había gastado todo y no tenía con qué devolvérselo. Por lo tanto, el rey ordenó que vendieran al esclavo, su esposa, sus hijos y todas sus posesiones. De esa forma, el dinero de la venta serviría para pagar al rey. De rodillas ante rey, le suplicó: “Por favor, dame más tiempo y te pagaré todo lo que te debo”. El rey sintió compasión por el esclavo y lo perdonó. Le dijo que no tenía que devolverle nada, ni una sola moneda de los sesenta millones que le debía”

Desde luego el que el rey le perdonara esa gran deuda tuvo que hacerle muy feliz a ese esclavo. Pero ¿qué hizo el esclavo después?

El maestro continuó diciendo: “Al salir, se encontró con otro compañero esclavo a su cargo, que tan solo le debía cien monedas. Lo agarró por el cuello y empezó a estrangularlo, diciendo: ¡Págame todo lo que me debes! El esclavo que solo debía cien monedas era pobre. No podía devolver el dinero en ese momento. Por eso, cayó a los pies de este y le pidió: ¡Por favor, dame más tiempo y te lo pagaré todo! Sin embargo, él no quiso escucharlo. Se fue y mandó que lo metieran en la cárcel hasta que pudiera pagar la deuda”

Cuando pensamos en esta historia, pudiéramos preguntarnos: ¿A quién quiero asemejarme? ¿Seré como el rey que estuvo dispuesto a perdonar una gran deuda o me pareceré al esclavo que, aunque mucho debía no estuvo dispuesto a perdonar una deuda menor de la que al él se le perdonó?

Cada vez que nos equivocamos u ofendemos a alguien es como si contrajéramos una deuda con esa persona. Probablemente, en muchas ocasiones ni siquiera hemos sido conscientes de esos errores cometidos, porque quienes fueron objetos de estos simplemente decidieron pasarlos por alto y no darle más importancia. En otras ocasiones, sí nos hemos dado cuenta del efecto que ha provocado en otros algún defecto de nuestra personalidad y nuestra manera de tratarlos. Si tuviéramos la oportunidad de contabilizar los errores y ofensas propias, muy probablemente “perderíamos la cuenta” de la enorme deuda en forma de ofensas contraída sobre los demás e incluso en ocasiones con la misma persona, bien sea nuestro padre, madre, amigo, compañero o cónyuge. Tener esto en mente, quizás nos ayude a no tomarnos demasiado en serio cuando se nos ofende en algún momento y menos aún a sentenciar a “cadena perpetua” al ofensor en la cárcel del resentimiento. Tenemos la obligación moral de estar dispuestos a perdonar recordando que otros ya nos han perdonado “una millonada” de errores.

PERDONAR Y OLVIDAR

Desde luego, perdonar a los demás requiere su tiempo y una buena dosis de humildad.

Pero ¿qué hay de olvidar?

Aunque no logremos nunca borrar de la memoria lo ocurrido, podemos olvidar en el sentido de no tenérselo en cuenta al ofensor ni volvérselo a mencionar. La persona que de verdad “perdona y olvida” ya nunca usará nuestros errores en nuestra contra. De igual modo, nosotros también podemos olvidar las ofensas de otros si la dejamos atrás y nunca más las sacamos a relucir en el futuro.

Todos cometemos errores. De vez en cuando nos decepcionamos y perjudicamos unos a otros. A veces tendremos que perdonar ‘no hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces’. Como hemos visto, es posible perdonar en el sentido de superar el resentimiento y olvidar las ofensas. Si así lo hacemos, tendremos tranquilidad de ánimo ahora y disfrutaremos de una paz inigualable.

Para la siguiente ocasión hablaremos de la importancia de dar dignidad a las personas mayores y cómo ser una fuente de ánimo para ellas.

Mientras tanto, deseamos aprovechamos para enviaros un cordial saludo junto con nuestros mejores deseos.

Vía ASACOVID
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